Un piano

aL entMo Yugon

Estaba acostumbrado a que me tocaran. Incluso a veces me pegaban. Lo hacían con golpes distribuidos, sobre todo, en el teclado de mi cuerpo. Si hubiera podido hacer un gráfico habría descubierto que era justamente la distribución de esos golpes, de esos toques, el secreto de casi todo. Nunca me empujaban. Al menos nunca tanto como el ocho de noviembre de mil novecientos sesenta.

Ese día, alrededor de las dos de la mañana, Terry empezó a empujarme con fuerza. No tardé mucho en chocar contra la pared. Terry siguió empujando. Lo hizo cada vez más fuerte. ¿Estaba loco? No me dolía, nada me dolía. Es que para que te duelan las cosas hay que tener un cerebro conectado con las partes del cuerpo que duelen. Yo no tenía cerebro pero igual era incómodo estar entre Terry y la pared.

Pasó el tiempo que dura el primer nocturno de Chopin y no cambió nada. Me empujaba todavía más fuerte. No se escuchaba ningún ruido. Yo puedo hacer muchísimo ruido, pero cuando me pegan, no cuando me empujan. Empezaba a sentir el sudor de Terry que empezaba a parecer cansado. Empujaba a veces con las manos abajo del teclado, a veces apoyando el hombro sobre mi tapa superior. Lo hacía con toda la fuerza posible. En un momento, aceleré.

No tuve tiempo de analizar la situación. Acelerar no tenía ningún sentido. ¿Cómo iba yo a atravesar una pared? ¿Por qué Terry seguiría empujando así a pesar de todo? No sé bien qué sintió Terry. Yo no sentí nada. Mis átomos, sin desordenarse, lograron colarse entre los de la pared. Eran todos iguales. La pared quedó atrás y seguí acelerando.

Cada tanto chocaba contra un obstáculo desconocido. ¿Otra pared? ¿Una calle? Me detenía de golpe, sentía otra vez el hombro de Terry en mi tapa y en cuestión de minutos mis átomos volvían a mezclarse con los de eso que ya no era un obstáculo. Quizás en algún lugar yo siguiera en la habitación. Incluso en otro ya no me empujaran. Pero no podía consolarme con eso.

Mucho de lo que había pasado en mi vida había salido de una partitura. Esto también. Siempre había sospechado que La Monte podía ser una mala influencia para Terry. O quizás no. Quizás la historia los necesitaba juntos. Tardé en darme cuenta de que ya no me empujaba nadie. No oía nada, ni el más mínimo sonido.


En noviembre de 1960, La Monte Young le dedicó una pieza para piano a Terry Riley. Se trata de la composición 1960 #1. Terry Riley, en 1964, estrenó in C. Así comenzó el minilamismo.